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Yerba Mate

 

LEYENDAS DE LA YERBA MATE

 

Leyenda de la Caá Yarîi
( Versión Guaraní )
Por EPN Don Aníbal Cambas

Cuenta la leyenda que una de las tribus que habíase detenido en las laderas de las sierras donde tiene sus fuentes el Tabay. Dejó después de breve estada el lugar, y siguió su marcha a través de las frondas. Un viejo indio, agobiado por el peso de los años, no pudo seguir a los que partieron obedeciendo el espíritu errante de la raza, quedando en el refugio de la selva en compañía de su hija, la hermosa Yarîi. Una tarde, cuando el sol desde el otro lado de las sierras se despedía con sus últimos fulgores, llegó hasta la humilde vivienda un extraño personaje, que por el color de su piel y por su rara indumentaria, no parecía ser oriundo de esos lares.

Arrimó el viejito del rancho un acutí al fuego, y ofreció su sabrosa carne al desconocido visitante. El más preciado plato de los guaraníes, el tambú, brindó también el dueño de casa a su huésped.

Al recibir tan cálidas demostraciones de hospitalidad, quiso el visitante, que no era otro que un enviado de Tupá, recompensar a los generosos moradores de la vivienda, proporcionándoles el medio que pudieran siempre ofrecer generoso agasajo a sus huéspedes, y para aliviar también las largas horas de soledad, en el escondido refugio situado en la cabecera del hermoso arroyo.

E hizo brotar una nueva planta en la selva, nombrando a Yarîi, Diosa protectora, y a su padre, custodia de la misma, enseñándoles a “sapecar” sus ramas al fuego, y a preparar la amarga y exquisita infusión, que constituiría la delicia de todos los visitantes de los hogares misioneros.

Y bajo la tierna protección de la joven, que fue desde entonces la Caá Yarîi y bajo la severa vigilancia del viejo indio, que fue el Caá Yará, crece lozana y hermosa la nueva planta, con cuyas hojas y tallos se prepara el mate, que es hoy genuina expresión de la hospitalidad.

 
 

Leyenda de la Yerba Mate
( Versión cristiana )

Jesucristo bajó a la tierra acompañado de San Juan y San Pedro dedicándose a recorrer el mundo y dio, después de largo andar, con Misiones. En una de sus marchas llegaron hasta el rancho de un viejo indio, padre de una joven tan hermosa como buena.

Sin reconocerlos, atendió a los celestiales viajeros lo mejor que pudo y sacrificó para ellos la única gallina que poseía.

Al día siguiente, Jesús se dio a conocer como hijo de Dios y en recompensa por su hospitalidad, le dijo que le hiciera una petición que le sería concedida. El anciano contó que el demonio se había apoderado de sus tierras y de las almas de los indios, y su único deseo era que hija siga siendo buena y pura.

Jesús lo premió transformando a la joven en el árbol de Caá, el que traería fuerza, inteligencia y prudencia a los hombres de la selva.

 

El mate
La leyenda de Tupá

Tupá, el Dios del Bien, bajó a la Tierra para enseñarles a los indios guaraníes a preparar una bebida con esa yerba energética desconocida. Les enseñó a secarla y a triturarla y puso a los yerbatales bajo la protección de un anciano y su nieta, convertidos en dioses guardianes: Caá Yará y Caá Yarí.

Los indios realizaban para beberla una calabaza "caiguá" y una bombilla de caña "tacuapí". También solían masticar las hojas en sus largos viajes.

Los sacerdotes jesuitas preparaban té o infusión con la yerba y trataron por todos los medios de desterrar esa costumbre del mate en calabaza. Sin embargo fue imposible, conservándose ambas costumbres hasta la actualidad.

 
Leyenda de la Planta

Cuenta la leyenda, que una de esas tribus que habíase detenido en las laderas de las sierras donde tienen sus fuentes el Tabay, dejó después de breve estada el lugar, y siguió su marcha a través de las fondas.

Un viejo indio, agobiado por el peso de los años, no pudo seguir a los que partieron obedeciendo al espíritu errante de la raza, quedando en el refugio de la selva, en compañía de su hija, la hermosa Yarí.

Una tarde, cuando el sol desde el otro lado de las sierras se despedía con sus últimos fulgores, llega hasta la humilde vivienda un extraño personaje, que por el color de su piel, y por su rara indumentaria, no parecía ser oriundo de esos lares.

Arrimó el viejito del rancho, un acutí (1) al fuego y ofreció su sabrosa carne al desconocido visitante. El más preciado plato de los guaraníes, el tambú (2), brindó también el dueño de casa a su huésped.

Al recibir tan cálidas demostraciones de hospitalidad, quiso el visitante, que no era otro que un enviado de Tupá, recompensar a los generosos moradores de la vivienda, proporcionándoles el medio para que pudieran siempre ofrecer generoso agasajo a sus huéspedes, y para aliviar también, sus largas horas de soledad, en el escondido refugio situado en la cabecera del hermoso arroyo.

E hizo brotar una nueva planta en la selva, sembrando a Yarí, Diosa protectora, y a su padre, custodia de la misma enseñándoles a “sapecar” sus ramas al fuego, y a preparar la amarga y exquisita infusión que constituiría la delicia de todos los visitantes de los hogares misioneros.

Y bajo la tierna protección de 1a joven, que fue entonces la Caá-Yarí (3), y bajo la severa vigilancia del viejo indio, que fue el Caá-Yará (4), crece lozana y hermosa la nueva planta, con cuyas hojas y tallos se prepara el mate, que es hoy, la más genuina expresión de la hospitalidad criolla.
 
El Castigo del Caa- Yará

La Caa-Yarí, no sólo es Diosa protectora, sino también la dueña virtual de los yerbales.

No solamente protege a la planta, sino también a todos aquellos que luchan por alimentar y sostener su existencia.

Por eso, hace pacto con los peones que trabajan en los yerbales, mediante su esposamiento espiritual con los mismos, vínculo que sitúa a éstos, dentro del calor y del bondadoso propiciamiento que necesitan en sus incompensados esfuerzos.

La ceremonia de la unión, es curiosa:

En horas de la noche, llega el modesto trabajador del yerbal hasta frente a una “mata” del vegetal, abrazándola, le jura amor y fidelidad. Así permanece, hasta que el suave rumor de las espesas copas de la yerba mate, hácele llegar el asentimiento ansiado

Prodúcese después la más difícil prueba: caen sobre el cuerpo del contrayente, insectos y alimañas, que miden su valor y su fe y por fin, si es que éste ha sabido sobreponerse al espanto, aparece la hermosa Caa-Yarí, ante quien debe ratificar sus anteriores juramentos.

Desde entonces, la Diosa del yerbal protege, alienta y ayuda al modesto y sufrido peón encargado de las duras tareas del mismo, tratando de que su comportamiento sea siempre ejemplar.

Lo induce al bien, lo orienta convenientemente, y encausa sus acciones dentro de todo lo que puede implicar un mejoramiento de su pobre condición, alejándolo de los peligros y de las tentaciones que se le presentaren, a la vera de su modesta trayectoria.

Cuéntase, que cuando el obrero prepare su “raído” de yerba que contiene hasta veintidós arrobas de hojas y tallos quebrados de la preciada planta, Caa-Yarí, visible únicamente a su compañero espiritual, se sube sobre la carga para aumentar el peso por ende, la ganancia de éste.

Pero así como la Diosa ayuda y protege al trabajador, no titubea en abandonarlo cuando su conducta no se ajusta al pacto concertado, Déjalo entonces a merced del Caá-Yará, que no transige con malos, y- a los que aplica con rigidez, duras represiones.

Cuando en las noches misioneras, los que no han sabido guardar fidelidad a su Diosa, integran la reuniones de la peonada formadas alrededor de los fogones para saborear el exquisito amargo, hace sentir el Caá-Yará, su terrible venganza.

Un grito estridente que lleva el terror al alma de los habitantes de la región, y que quiebra súbita el silencio de las tinieblas, va a clavarse en el corazón del infiel. Es el trágico anuncio de lo irreparable.

Enloquecido, corre por la selva el predestinado, sin que los auxilios humanos sean capaces de evitar sus desgracias....

Después... sus despojos encontrados en las honduras de la fronda, carne muchas veces de las fieras, acusan el cumplimiento del inexorable fallo del severo señor del yerbal.

Muchas veces se ha sentido en las noches del noreste, el infausto presagio del Caá-Yará, sentenciando también a los hombres, que con sus cortes despiadados, exterminan los extensos manchones naturales de la noble planta, impulsados por despreciables miras individualistas, y aprovechando la circunstancia de obrar fuera del alcance de las autoridades encargadas de proteger tan ponderable riqueza.
 
El Oro Verde

Misiones es el corazón de los grandes yerbales americanos. En su seno, y bajo la dulce protección de la Caá-Yarí, y la severa custodia del Caá-Yará, brota con extraordinario vigor, la apreciada planta que cubre dilatadas extensiones de su territorio.

A lo largo de la maravillosa ruta del Iguazú que corta la ondulada región en centenares de kilómetros, enseñando los árboles gigantes, las lianas enlazándolos caprichosamente, los altos helechos nucleados en sus bordes, las palmas esbeltamente erguidas, las preciadas orquídeas prendidas a los añosos troncos, y los imponentes pinares extendiendo implorantes sus ramas, como rogando un alto al viajero del camino, se aprecian árboles de yerba mate que tienen más de treinta metros de altura, cuyos troncos blancos sostienen orgullosamente frondosas copas, que representan más de un centenar de kilogramos del valioso producto.

Los pobladores de Misiones han abierto parte de su selva, y han levantado allí los cultivos de este vegetal, el oro verde, en el que cifran sus esperanzas de progreso.
Por eso, Caá Yarí, protege la vida de esta planta buena, y también la de los hombres que trabajan en su cultivo.

Y por eso Caá Yará, castiga a los que no observan en los yerbales, una conducta generosa con la planta que Tupá hizo crecer, para felicidad del pueblo misionero.
 
 
 

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